Los eremitas medievales siempre elegían paisajes especiales para fundar los cenobios y santuarios en lugares recogidos y solitarios para poder desarrollar sus misiones espirituales. Al mismo tiempo buscaban la protección natural de los relieves geográficos en cañones, acantilados o territorios de montaña de accesos complicados.

El desfiladero calcáreo del río Lobos fué sede de una importante comunidad de monjes templarios que escogieron el amparo de la hermosa garganta fluvial para custodiar los conocimientos, riquezas y secretos de la Orden.
El espacio ambiental del valle fue declarado parque natural en el año 1.985 como representación de cañón calizo de acentuado modelado kárstico, con paredes de curiosas formas y colores donde aparecen profundas grutas subterráneas.
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